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Jaime Colyer: Los echaremos a patadas
Fuguet y Gomez: Escritores de la indiferencia
Costamagna,Gumucio, Fernández, Jeftanovic y Meruane:
Escritoras (es) del año del perro
Roberto Bolaño: El coraje del Cult-Pop
Patricia Espinosa: El mitín de los críticos
Arturo Volantines: Poetas del valle de Elqui
Publicados en Utopista pragmático, diario La Nación, Chile. 2003

   
 
Los echaremos a patadas
Hace ya más de diez años Jaime Collyer ofreció, en la desaparecida revista Apsi, sacar a patadas a la generación del 50 y del 60 de la escena literaria (Casus Belli: todo el poder para nosotros, Revista Apsi 415, febrero marzo 1992). Jorge Edwards y Antonio Skármeta, viejos peritos, se sonrieron. Collyer nombró una división de 28 escritores guerreros que asaltarían el Palacio de Invierno. Era la toma del poder. Su tono era más de golpe de estado que de revolución y su manifiesto era un bando militar, que a nombre de los escritores de los años ochenta ocupaba decisivas posiciones. Le habían publicado El Infiltrado (1989) y era editor en Planeta. El amigo Carlos Franz trabajaba en la Cámara del Libro y había publicado Santiago Cero (1990) El amigo Gonzalo Contreras publicaba La ciudad anterior (1991) y ganaba un premio en El Mercurio. Arturo Fontaine publicó Oír su voz (1992). Era la nueva narrativa chilena que tenía su rendez vous en la Plaza del Mulato Gil de Santiago. Se dice, ellos mismos dicen, que esta es literatura sobre la dictadura de Pinochet. No lo creo. O bien la relación es tan oblicua, que más que de la dictadura es de como adaptarse a ella. Marco Antonio De la Parra, otro entusiasta, publicó una novela sobre el cenáculo, una Colmena mapochina (La pérdida del tiempo): un grupo de nueve escritores de la llamada nueva narrativa se reúne a almorzar diariamente en un restorán de la Pérgola del Mulato Gil.. Hacían historia. Estaban ufanos, los lectores los preferían. Collyer creía en una estética minimalista, neutral y de narración lineal. Estaban ansiosos en ser globalizados, obsesionados por las ventas, el "ranking", la foto del autor en la revista Capital y el éxito en el exterior.

-Es una creación comercial y de marketing, los acusaron.

Fueron por un lapso niños mimados de la society santiaguina de las tías McGill y Astaburruaga. Mas, a los pocos años el plan se fue a negro. Las ventas bajaron y todo se deprimió. Surgieron de pronto otros escritores y que, sin ser minimalistas ni neutrales, tuvieron éxito: Pedro Lemebel , (Loco Afán, Crónicas de Sidario, 1996), Hernán Rivera Letelier, Roberto Ampuero (¿Quién mató a Cristián Kusterman? , 1993), Roberto Bolaño (Los Detectives salvajes, 1998) y Marcela Serrano (Nosotros que nos queremos tanto, 1991; Para que no me olvides (1993) y Antigua vida mía, 1995)). Vendían en Chile y el mundo. Así, 10 años después, Collyer "el general golpista"- mira cariacontecido como el público de la Feria del Libro hace cola para que Hernán Rivera Letelier (La reina Isabel cantaba rancheras, 1994) les firme un libro sobre meretrices y mineros, mientras él mismo y su obra El Habitante del Cielo pasan casi inadvertidos. Qué la tortilla se vuelva: ahora estos acusan a los otros de comerciales y de literatura facilota y folletinesca. Collyer habla de impostores y de adictos al cómic y a la cultura popular.

La disputa tomó de pronto otros ribetes: Lemebel escupió a Contreras por haber estado, años atrás, en tertulias en la guarida de los funcionarios de la DINA, Mariana Callejas y Townley. Efectivamente, Franz, Contreras e Iturra frecuentaron la ratonera de Callejas y Townley, la Corte de los Milagros, en la Vía Naranja 4925 de Lo Curro. En esa mazmorra funcionaba una célula de Pinochet y el mamo Contreras, Quetropillán. Callejas y Townley, esos asesinos, mataron a los Prats en Buenos Aires en 1976 y mataron a Letelier en Washington. En la casa del espanto, ocurría de todo: Berríos desarrolla el gas Sarín y lo prueba "satisfactoriamente" en prisioneros políticos; al diplomático español Carmelo Soria, después de horas de tormento, lo colocaron sobre las escaleras, le sujetaron la cabeza y le aplastaron el pecho hasta fracturar la columna que le produjo la muerte.

Los noveles escritores dicen que nada sabían, nada escucharon y nada olieron. ¿Ingenuidad de época? El glamour de la foto en la revista Capital perdía valor. Esta leyenda aciaga -¿ajena a la literatura?- los perseguirá como el olor de la muerte y se abrirá una zanja.

Hoy la historia no absuelve a Collyer. De los 28 combatientes de hace diez años, los únicos con lectores aceptables son dos: Sepúlveda y Díaz, con su saga de Heredia. En algo más se equivocó. Los siete escritores generacionales productos de exportación (Marcela Serrano, Hernán Rivera Letelier, Ramón Díaz Eterovic (Angeles y solitarios, 1995), Roberto Ampuero, Pedro Lemebel, Roberto Bolaño y Luis Sepúlveda (Un viejo que leía novelas de amor, 1992) son afectos a la cultura popular y no escriben opaca ni neutralmente. Díaz y Ampuero escriben novela negra, Lemebel crónicas adornadas, Serrano y Rivera Letelier y Sepúlveda, algo parecido al folletín y Bolaño escribe cult-pop. Así, ha sido, circunstancialmente, derrotada también una estética.

Por otro lado, ninguno de los 28 escritores que nombró Collyer ha muerto. Todo puede pasar y que la tortilla se vuelva. Ninguno está muerto y, obviamente, siguen publicando, muchas veces alejados de las polémicas y rencillas de grupos, para un público más bien pequeño. Guerreros y guerreras solitarias, con valentía y humildad, por verdadero amor a las letras: el último año Roberto Rivera publicó Ojos azules 2002); Pía Barros publicó el libro de cuentos Los que sobran 2002); Lilian Elphick publicó El otro, afuera (2002) y Carolina Rivas, Dama en el Jardín (2002), Reinaldo Edmundo Marchant, La patria golondrina (2002). Jorge Calvo, Fin de la Inocencia (2003)
No se tomaron el poder, pero muertos, no.

(La Nación, 1 de febrero 2003)
   
 
Escritores de la indiferencia
Alberto Fuguet ganó un concurso literario para narrativa inédita, el jurado -Poli Délano, Martín Cerda y Alfonso Calderón- fue unánime. Y el libro inédito se convirtió muy pronto en su ópera prima, Sobredosis (1990) cuentos sobre jóvenes reventados cuyo mérito era la agilidad narrativa, un gran mérito entre tantos libros chilenos lateros. Los cuentos flirteaban con el pulp. Aunque su estilo no era nuevo en la literatura chilena, (algo del primer Skármeta y Carlos Olivares) el libro se vendió bastante y recibió abundante y festiva atención de la crítica. Nacía una estrella.

En 1991 apareció la primera novela de Fuguet, Mala Onda, historia urbana desenfadada y polémica. Aunque Ignacio Valente, irritado y desconsiderado, la calificó de "bodrio", la novela era entretenida y se hizo popular.

Sergio Gómez aceptó la propuesta estética y ética y publicó el 92 Adiós, Carlos Marx, nos vemos en Cielo, unos cuentos de jóvenes ya viejos, desencantados de no sé qué, cansados de no sé qué y que renunciaban a no sé qué.
Entonces, Fuguet y su escudero Gómez ya tenían diseñada una articulada política. Y la implementaron desde la Zona de Contacto de el diario El Mercurio. Hicieron la antología Cuentos con Walkman, con veinte jóvenes muy mercuriales. Literariamente nada impresionante. La mayoría no eran escritores. (Luego Pablo Illanes publicó Una mujer brutal, (2000); Ernesto Ayala, Noche ciega (2000); Hernán Rodríguez Matte, La vida según San Benito y Alfredo Sepúlveda, Sangre azul)
Pero, no hay que engañarse. La antología era una excusa para una operación política en el mundo simbólico: el manifiesto de los indiferentes. Sostenían la más falsa de todas las políticas: la apolítica (la vetusta técnica del gremialismo integrista chileno). Suponer que no tenían política y que estaban después de todo. "tan apolíticos que llegan a ser ideológicos", escribieron Fuguet y Gómez en la introducción. Una mentirilla de leyenda. La mirada histórica enseña que era la ideología dominante y conservadora. Era el fin de la historia, el fin de las ideologías, la religión liberal salpicada con irreverencia. Tenían como objeto cambiar el espectro mental. Desvanecidas las modas intelectuales del cuasimarxismo, el existencialismo, el estructuralismo y la semiología, proponían el desbloqueo para aceptar la sociedad multicanal en un entorno volátil.
Habían construido un estupendo trampolín. Fuguet y Gómez replicaron el ejercicio del manifiesto político más allá de las fronteras al publicar McOndo, antología que reunió a 17 escritores latinoamericanos que eran desconocidos fuera de su país y apenas conocidos en su propia casa. (Aunque algunos, pasados los años tienen un nombre en la literatura latinoamericana: el argentino Rodrigo Fresán, el peruano Jaime Bayly o el mexicano David Toscaza.)
Fuguet y Gómez se oponían al Macondo de García Márquez, es decir, al realismo mágico, y al izquierdismo político, que ya por entonces, estaba en el suelo. Le disparaban a un fantasma, a los epígonos de García Márquez. Se divertían tirándole con escopeta de plumillas a unos patos de feria que caen y aparecen luego levantados por el otro lado, unos patos que nunca se defienden, que están ahí para que uno se divierta. No importaba, "la gente puede ser tonta pero no inocente", ha dicho Fuguet. Su real objetivo era levantar, de modo muy descarado, muy livianos de cascos, la subcultura colonialista. Fuguet y Gómez eran catequistas del McDonald's, computadoras Mac y Coca-Cola. Todo para los consumidores que consumen: esa lumpenburguesía y ese lumpenproletariado latinoamericano.

("Era broma";, Mcondo era "un homenaje" a Macondo, dice ahora Fuguet con la misma soltura de cuerpo.)
Han pasado los años y el facilismo ideológico del no estar ni ahí se desvanece en la confusión y la corrupción nacional. El imperio único desea la guerra y la sociedad endogámica chilena es un reality show. ¿Qué pasará? Pienso que alguien debe asumir con seriedad y aplomo la responsabilidad del destino del país. Hablemos en serio. Y entonces uno recuerda a escritores profundos y serios, a los cuales deberíamos sacar de los archivos y releer, sin complejos, grandes escritores como por ejemplo, Gabriela Mistral, entre otros tantos latinoamericanos que nos dieron dignidad. Al final, somos todos latinos. We are southamerican rockers.
     
   
Escritoras (es) del año del perro
Alejandra Costamagna, Rafael Gumucio, Nona Fernández, Andrea Jeftanovic y Lina Meruane, parte de la novísima escuadra literaria chilena, nacieron alrededor del 1970, el año del perro. Según el horóscopo chino los perros son tímidos, desconfiados, fríos de entrada hasta que toman confianza y mueven la cola. Mas, los perros vacilan entre lo propicio y lo nefasto. Son espirituales pero, a la vez, son primos de chacales y dingos.
Fueron criados en el mismo jardín infantil: los talleres literarios de los autores de la nueva narrativa, Carlos Franz, Gonzalo Contreras, Jaime Collyer Collyer o Pia Barros. Son periodistas (Costamagna, Gumucio, Meruane) o bien relacionados con los mass media (Fernández escribe teleseries) y se notan ansiosos de fashion (cosmopolitismo y refinación) que la tribu literaria chilena no tiene, jamás ha tenido y ya jamás tendrá.
Apelan a la técnica teatral de la memoria emotiva de Stanislavski. La alusión les pincha emociones contenidas y así revelan el lado feo de la vida: la descomposición, la muerte, el abandono y las familias fracturadas.
Déjate caer. Un beso a mi madre y déjate caer
En el año del perro sus padres eran jóvenes testigos, quizás activos, del "proceso" (como se decía entonces), un proceso de cambio mundial y estaban -o así lo recordamos- llenos de ardor por cierta épica y se veía venir el desvarío de la historia. Y luego fueron víctimas o victimarios. Y ahora estos canes literarios, sin que nadie se los pida, vienen a pagar karma, a saldar la cuenta con sus padres. Vienen a pasar boleta.
¡Ejemplifique, señor!
Ejemplifico:
En voz baja (1998), la primera novela de Costamagna, en una narración lineal, con turbadora falta de humor y gusto por el melodrama, el padre de Amandita es llevado a un campo de concentración. Mientras tanto su mami le pega en la nuca con Lucas, otro "compañero". Después el papi se recobra y se acuesta con la tía Bertita en México. En Cansado ya del sol (2002), la tercera novela de Costamagna, el protagonista es el cansancio. Manuel llega a México junto a su hija para escapar de su pasado en Chile. La culpa, la culpa tan católica lo lleva a emprender un peregrinaje melancólico de pueblo en pueblo.
Maturana en la novela El daño (1997) narra sobre dos amigas agobiadas que viajan al norte. Elisa arrastra una incestuosa relación con su padre alcohólico, que no sabe además si es su padre. Con ese stoff lento y moroso nadie viaja lozano.
En la novela de Nona Fernández, Mapocho (2002), la Rucia muerta, navega en un ataúd por la fetidez del Mapocho. Busca a su hermano, el Indio, otro muerto, de amor incestuoso. En su infancia son separados violentamente de su padre. La madre llora por las noches.
Memorias prematuras (1999) de Gumucio, también va por sus padres, claro que con un humor fiero, que se agradece: "mi padrastro se cree guerrillero, mi padre se cree intelectual y mi madre se cree mi madre." "Mi padre vive en una casa de ladrillos en la calle Jesús". Comedia nupcial (2002) es la historia de un matrimonio de la edad de sus padres, sobrecargado, sin amor. En Gumucio -sin la bobería amelcochada del feeling fabricado- sonrojan las relaciones de esa pareja deserotizada y condenada. "Soy hijo de una generación de eternos adolescentes", ha tartamudeado Gumucio
Andrea Jeftanovic en Escenarios de guerra (2000), Tamara, la protagonista cuenta -con cierta novedad estilística- de una familia desarraigada bajo la visión de la guerra en la patria del padre, y una madre infiel con un pintor de brocha gorda, y sus inicios amorosos con un tal Franz.
En Las Infantas (1988) de Lina Meruane las niñas Blanca y Gretel han sido abandonadas por sus madres, quedando al cuidado de padres inútiles, violentos y vejatorios. Celos y rivalidades en el seno de la casa familiar.
Usted, lector, ya se dio cuenta: esta literatura claustrofóbica y privada es el manifiesto de los Edipos, aunque la mayoría son mujeres y usted sabe como se llama eso. Sólo les falta sacarse los ojos. Los cachorros no encontraron otro lugar más sucio para mear que en su propia casa. Flirtean con la razón enferma, con el terror interno. Por un "descuido" del pensamiento chileno se ha disimulado nuestra tragedia social y el horror sentido no puede ser pensado. En público y en privado se habla con velos. El tío, la abuela y la nana con velos. En ese contexto cultural, el horror sentido es un licor de melancolía circulando por el cuerpo. Por eso estos canes se expresan desde la biología y chapotean en el horror vacui y donde otros nadan, estos se ahogan. Babys del duelo post-moderno necesitan ser arrullados. Arrurrú, perrito.
Rodrigo Canovas (Novela chilena, nuevas generaciones, 1997) creó la generación de los Huérfanos, nuestra última generación. No. Estos novísimos se linkean más bien con la ya vieja tradición de la novela del Escepticismo de la que habló José Promis (La novela chilena del último siglo, 1993), novelas de ambientes decrépitos, cerrados, sórdidos y enajenados y de la cual otro José, José Donoso, nuestro Pepe, es el mentor.
Los canes son escritores busquillas, impacientes y de talento. Pero ¿Y si levantaran la cabeza, si levantaran la cabeza por encima de los muros de la reunión familiar del domingo, del mantelito blanco de la humilde mesa en que se comparte el pan familiar, si levantaran la cabeza y dejaran de regañar o corregir al papi por no haber hecho nada bueno o por haber follado con la tía, o por ser un vago, o por haber tenido una épica y ahora, desencantado, no tener nada?


El coraje del Cult-Pop
Los escritores chilenos Gonzalo Contreras y Camilo Marks, cada uno a su manera, manifestaron su sorpresa por la avalancha de loas y flores a Bolaño después de su muerte. Sin mencionar a nadie en particular (forma oblicua de debatir), Contreras escribió: "Estoy sorprendido por la tumultuosa corte de admiradores que tenía en Chile". Marks dijo: "Muchos elogios sobre Bolaño me parecen poco sinceros". Por otro lado, Jaime Collyer escribió un bilioso guión de cortometraje sobre un hígado que se convierte en objeto de culto luego que no alcanzó a ser transplantado en un escritor latinoamericano. Como si estos escritores estuvieran autorizados por alguien superior, o como si ellos fueran lo políticamente correcto, sospecharon de los que consideraron a Bolaño una verdadera leyenda, o como una estrella de rock que vive rápido, muere joven.
Efectivamente, el lunes 14 de julio ocurrió algo muy preciso: la muerte de Bolaño en el hospital Vall D'Hebron de Barcelona. Y eso, de uno u otro modo, no dejó a nadie indiferente en Chile. Las llamadas telefónicas se activaron, los computadores se encendieron y los correos electrónicos se desplazaron en el ciberespacio. No era raro. Bolaño ya se había metido en el Canon Literario Latinoamericano sin pedir permiso a nadie. Nunca dijo: "Perdón, señores, ¿puedo entrar?". Sin que nadie se diera cuenta ya estaba sentado y separando la grasa de la carne. Bolaño escribía sobre la única hermandad que conocía, la cofradía literaria. Y para esa corporación, el tema primordial es quien define el canon, la composición de la pirámide. Ese es el tema de La literatura nazi en América (1996), en los cuentos Llamadas telefónicas (1997). Esa es la materia de la novela Nocturno en Chile (que él quería titular Tormentas de mierda), una visión implacable del crítico chileno mercurial y pinochetista. La novela Estrella distante (1996) habla sobre un poeta que después del golpe militar en Chile se dedica a escribir poemas (frases bíblicas) con humo de avión en el cielo. Los jóvenes poetas es el tema también de la novela Los detectives salvajes (1998). En fin, Bolaño habla sobre las fobias, los sueños y los desatinos de los escritores. (Y, la miseria, la miseria cruel de un escritor en dictadura). Está en la cocina literaria. Todas las sectas tienen sus rituales de iniciación y sus códigos. Son los temas de la credibilidad, de la inserción, de la aceptación en la pirámide literaria. Bolaño explora los secretos, las bondades y las miserias del oficio. El rol de la critica, de los premios, de la política y las becas, de los modernos "mecenas", de los profes universitarios remolones, y de los funcionarios y aditivos de la literatura: los "aborrecibles" lectores de las editoriales, los poetas voluntariosos, los escritores fracasados.
Es decir, las técnicas de cómo constituirse en eso que los periodistas cursis llaman una "personalidad". O sea, las bondades, los secretillos y las miserias de la casta literaria. En fin, historias de escritores -con o sin talento- pero poseídos por la literatura.
Obviamente, este es un tema que les interesa a los nuevos, a los que vienen de abajo, a los excomulgados, a los resentidos y a los marginales (y, créanme, en países injustos como los nuestros, son muchos), pues la obra de Bolaño puede leerse como manual o diccionario literario. Y también como represalia, o venganza, para qué vamos a andar con cosas. Por eso. Por eso los jóvenes lo leen y lo leerán en el futuro. Pero, además, Bolaño se convertirá, con el tiempo, en un escritor en que otras cofradías -artísticas, profesionales o políticas- lo descubrirán y lo leerán como metáforas de cómo funciona su mutualidad. Su estilo Cult-Pop -refinado, pero sin miedo a la cultura popular- será un estilo muy de moda.
Al revés, la literatura de Bolaño no es para anquilosados o satisfechos, con razones o no. Ni para escritores viejos, en decadencia o no. Por ejemplo, dos escritores vejetes, Enrique Lafourcade y Luis Sánchez Latorre (Filebo), escribieron, a la muerte de Bolaño, que no le habían leído y que seguramente no le leerán ya. "Confieso no haber leído nada de Roberto Bolaño" (Lafourcade). "No creo que deba dar excusas públicas por no haber leído a Roberto Bolaño" (Filebo). ¿Ven? No le han leído nada ni le leerán ya, pero igual metieron la cuchara.
Bolaño pertenece a esa estupenda raza de jóvenes (nunca reconocidos, o mal reconocidos, es decir, estigmatizados) que un día -idealistas o tontos, qué más da- estuvieron dispuestos a luchar con y por Salvador Allende. La historia es la siguiente: el día del golpe militar de Pinochet, digamos un 11 de septiembre, Bolaño vivía en el paradero 20 de la Gran Avenida del sur de Santiago, en la casa del joven poeta Jaime Quezada. Entre el invierno de 1971 y el verano de 1972 Quezada visitó Solentiname de Ernesto Cardenal (Un viaje por Solentiname, 1987). Luego viajó a México y allí vivió con la familia Bolaño, que había llegado a México en 1968. La familia Bolaño era originariamente de Los Ángeles, la tierra natal de Quezada. Roberto Bolaño era un chaval introvertido y que se pasaba el día encerrado y leyendo. Influenciado por la visita del joven poeta Bolaño se viene a Chile en los meses antes del golpe. Aquí se aloja en la casa de Quezada. En su cuento Buba (de Putas asesinas), como en sueños, recuerda cuando caminaba por el Llano Subercaseaux para ver la estatua del Che, que estaba entonces en la Gran Avenida.
Un día, un día aciago, Jaime Quezada lo despierta:
-Roberto, han dado un golpe los militares.
-Dónde están las armas?, que yo me voy a luchar.
-No salgas, no vayas, ¿qué le voy a decir a tu mamá si te pasa algo?
(según contó Bolaño en una entrevista con Rodrigo Pinto y según me confirma ahora el propio Quezada).
Bolaño salió no más a buscar células de resistencia. Le dijeron que el general Carlos Prats venía con tropas leales del sur a defender a Allende. Ya lo sabemos, no era verdad, y los líderes de la Unidad Popular llaman a replegarse, o, lo que es lo mismo, a esconderse. En Los Ángeles, su zona originaria, en una estación de buses, lo detienen por sospecha. Lo llevan a una comisaría. El teniente de carabineros lo ve como un terrorista extranjero pues Bolaño aún hablaba con acento mexicano. Eso podía ser mortal en el mundo enfermo que vivían los milicos. Luego lo envían a una comisaría de Investigaciones. Como relata en el cuento Detectives (de Llamadas telefónicas), tuvo la buena raja de encontrarse con dos compañeros de curso que ahora eran tiras y que lo ayudaron a salir. Menos literarias, pero quizás más reales, hay otras gestiones que también habrían ayudado; son las de su madre, desde México, y del joven Quezada en Chile.
Bolaño le dio vida literaria a esa generación que rondaba los veinte años cuando murió Allende, esa generación -como dijo Bolaño al recibir el premio Rómulo Gallegos-de militantes que se llenaron de historias -heroicas o desastrosas- en todo el continente americano. El escritor -dijo también Bolaño- es un guerrero que siempre lucha, aunque sea, al final, derrotado. Bolaño se convirtió entonces en un verdadero escritor de exilio. Vivió a la intemperie, en la desprotección, pero siempre buscando rehacerse, como tantos latinoamericanos desamparados y errantes, como putas honradas que viven entre la corrupción, la violencia, la innegable inmundicia y, modestamente, pasan hambre, verdadera hambre.
No es raro, entonces, que Roberto Bolaño deseara un funeral con algo de ceremonia vikinga, en que se prende fuego a la embarcación con el difunto adentro. Los vikingos en esas barcazas (drakkar) navegaban días y noches frías y oscuras. A veces, el cielo era tan cerrado que no se guiaban por las estrellas, sino por el instinto y la destreza. En esas condiciones, los vikingos no sabían, no podían saber lo que era el miedo.
Bolaño tuvo algo que los cobardes y los acomodados siempre omiten: coraje.

Utopista Pragmático, agosto, septiembre 2003
     
   
Espinosa: El mitín de los críticos


Una serena tarde de agosto ingreso a la apacible sala América, en el segundo piso de la Biblioteca Nacional. Ahí está ella: Patricia Espinosa, profesora y crítica literaria, bordeada por Camilo Marks, Ramón Díaz Eterovic y el editor Marco Antonio Coloma. Se presenta su libro Territorios en fuga, estudios críticos sobre Roberto Bolaño. Quizás ustedes lo sabían, pero yo no. Patricia Espinosa es joven y sensual con unos coquetos anteojos, creo que de color lila. Y cuando abre la boca, en tono bajo pero decidido, alienta a una nueva generación crítica a realizar resistencia activa.
Es la presentación de un afanoso libro en que ha reunido 18 estudios críticos (irregulares) sobre Bolaño. Pero Espinosa no esconde que el libro, como los buenos cuentos, tiene doble fondo: es, además, un ataque. Es un misil contra: "el estado actual del quehacer crítico", "la exclusión por medio del silenciamiento", "la neutralización de los discursos contrarios". "la maquinaria de la indiferencia", "El horror a la frontalidad".
Patricia Espinosa es la vocera de la generación crítica. Ya lo anunció en el número dos de la revista Letras & libros, (trae un dossier en que 17 críticos y escritores hablan sobre crítica literaria). Espinosa proclama a la generación crítica, que ella llama formación crítica. ¿Quiénes son? Son chilenos literariamente cultos, educados en la universidad (tales como la Chile o Playa Ancha). Usted ya los habrá leído en los diarios nacionales y revistas como Rocinante, La Calabaza del Diablo o El Periodista: Álvaro Bisama, Alejandro Zambra, Gonzalo Rojas, Roberto Contreras, René Olivares, Iván Quezada, Marco Antonio Coloma. Hay otros que se les puede leer en revistas digitales: Cristián Gómez, Constanza Ceresa, Francisca Lange, Rodrigo Hidalgo, Natalia Figueroa, Luis Valenzuela, Alejandra Rossi, Eduardo Montalbán, Mabel Vargas.

Espinosa, centro de esta constelación, da un doble combate. Primero, crítica a los medios de comunicación que están entregados a lo que ella llama escenificación de la cultura (se van por las ramas, más ansiosos por la vida sexual de los escritores). Y el segundo disparo va contra la crítica académica. Los universitarios no han superado el agujero negro y han mantenido los conceptos, los criterios organizativos, la producción creativa. No ha habido revolución científica, proceso intelectual de ruptura. Los universitarios están replegados, aislados hasta el punto de no darse cuenta de su retraimiento y su inutilidad social. Esta es una verdad, que yo comparto con Espinosa: nunca en la historia republicana los universitarios han tenido tan poca conciencia de su nulidad y sus causas como hoy.
La crítica literaria académica está, metodológicamente, aún estacionada en el Formalismo, corriente de comienzos del siglo XX, que estudia las formas literarias, obviando el contexto. O en el estructuralismo que se expandió en Chile cuando Félix Martínez Bonati publicó La estructura de la obra literaria en 1960, o el postestructuralismo que se desarrolla desde los años 70. Ese es el "Marco Teórico" dominante.
Pero, de pronto, en la sala de la Biblioteca, escuchando a Espinosa, veo que al muro del consenso básico le aparece una grieta.
¿Logrará la generación crítica cambiar el paradigma?
Por lo menos hay un claro intento inicial de desalambrar las tablas del gusto literario, correr estacas, tomarse algunos fundos, quemar algunas barracas, con la bandera izada de Bolaño. Cierta anarquía en la casa. Esto es inédito. Desean ver las cosas de otro modo. Y, ojo, parecen muy decididos en demoler la actual estructura cultural y política de la literatura. No exagero Cuestionan la esencia de la civilización. Desean discutir lo básico: ¿por qué leemos? ¿Qué vamos a leer? Y ¿cómo vamos a leer?
Tal como lo ha mencionado Marco Antonio Coloma, a raíz de otro libro sobre el tema (Orientaciones actuales de la crítica literaria y cultural, editado por Andrés Cáceres y Eddie Morales): muertos los ismos, la crítica está en crisis, como tantas cosas. Entonces el tema es un debate metodológico: desde donde hablar.
Estas cuestiones, créanme, parecen difíciles, pero son de índole ética y política.
De algún modo Espinosa y estos críticos están cerca de la "epistemología clásica" Thomas S. Kuhn, Karl R. Popper, Imre Lakatos y Paul K. Feyerabend y de la epistemología actual postmoderna: Lyotard, que sugiere a los críticos creatividad a la hora de formular hipótesis y rigor a la hora de verificarlas. Defender el pluralismo y la interdisciplinariedad, compartir el objeto de estudio, los métodos y las teorías. Cada texto, cada libro, cada gesto literario es un fenómeno único que debe explicarse y esclarecerse de modo único. No existen fronteras para la curiosidad y ningún tipo de 'criterio' restringe el pensamiento: se acepta la colaboración.
Entonces, algo, algo rememoro. Esto: La disposición contextualizadora de Patricia Espinosa, recoge la tradición latinoamericana del uruguayo Angel Rama y la generación Marcha que pautearon a los escritores del Río de la Plata en los ´60. En lugar de sólo análisis literario, ventilaron la ideología, las estructuras políticas y sociales, los prejuicios, los medios de comunicación y los receptores del texto. Así captaron los cambios de la época.
Bajo las escaleras de la Biblioteca. En la Alameda me meto a un boliche a tomarme una cerveza, y mientras espero a un amigo hojeo el libro. Entonces pienso que la generación crítica merece ser leída. Si bien cada uno es cada uno, hay un cierto estilo libre, claro y vivo e intentan escribir en la lengua de la gente corriente. Darán que hablar. ¿Darán que hablar?
     
   
Arturo Volantines: Poetas del valle de Elqui
     
   
La Serena tiene hermosas playas donde colocar la toalla en el verano y gente amable en una ciudad que crece. Y siempre hay un arte literario muy fértil e intenso. Los artistas están sentados en una tradición acaudalada: Manuel Magallanes Moure, Carlos Mondaca, Víctor Domingo Silva, Braulio Arenas. Y Gabriela Mistral, la poderosa Gabriela, Nóbel en 1945. Y ahora la generación de los 80 que se extiende.
La generación poética latinoamericana de los años 80 sufría de insularidad. El poeta se sentía solo y aislado, por que el poeta estaba solo y aislado, es tan simple. Se trata, pues, de un derrumbe total. No era una dicha vivir en Latinoamérica. Claro que no. Se sufre de insularidad, muro y hundimiento. Esa ansiedad de que llegue una carta, una noticia desde lejos. O esa ansia de que por los medios de comunicación se cuele algo que salve, que ilumine aunque sea por un día. El argentino Luis Benítez: “Nuestra generación fue un puñado de hombres solos / una pizca de mujeres destruidas, / un manojo de nadas sin zapatos, / el racimo de las viñas de la ira. / Yo que agonizo / me permito evocarte aunque mi recuerdo / te cause asco, nena, asco profundo”. Contra la fatalidad sólo queda la opción del exilio. Chao, me viro. Vivir en Latinoamérica era un letal error, literalmente un suicidio. Y si fatalmente no se podía emigrar, estaba el inxilio. En realidad, es el "islidio", reclusos en una isla.
Por primera vez, son poetas fuera del Estado. Antes, algo ligaba al Estado: una universidad, una beca, una fundación, un sindicato, un partido político o un club. Ahora, no tenían banderas, como cantaban Los Prisioneros. En Argentina, Uruguay, Perú o Paraguay, todos padecieron lo mismo. Es una generación, por primera vez, nacida al margen. Pateando piedras. Las razones las conocemos, no seguiré metiendo el dedo en la llaga. Nadie los apoyaba y nadie los apoyaría.
Pero en esas islas aparece una nueva ética: rechazan la renuncia y enfrentados al hastío, no dejan de inventar "peñas", "retiros", revistas, talleres de poesía, libros. Literatura entre las ruinas.
La Serena también era una isla, un encierro geográfico. La ciudad tenía un solo camino de salida y de entrada (no tenía caso arrancar al desierto). Los poetas estaban tan confinados que no osaban ni siquiera mirar el mar, a pesar que son costeños. Sólo la playa y la arena. Tampoco el cielo nortino tan pródigo de estrellas, tan inspirador. Apenas ven las nubes. Su imagen predilecta es la ciudad de noche.
Ante la ruina, qué le vamos hacer, los poetas en Latinoamérica se reunieron en bares y peñas. Pero los serenenses, originales, se juntaron en un Café, un Café que ya no existe, pero igual es leyenda: el Café Tito´s. Publican numerosas revistas y trípticos (que alguna institución serenense debería recopilar y exponer). Mucha gente decente actuó culturalmente en La Serena, tal como están nombrados en la justa introducción a la Antología de la poesía del valle de Elqui tomo I, de uno de los pilares, Arturo Volantines. Están representados en la antología Vivian Benz, Elba Jiménez, Susana Moya, Pablo Baeza, Yair Carvajal, Oscar Elgueta, Samuel Núñez, Bartolomé Ponce, Patricio Rodríguez, Sergio Rodríguez Saavedra, Ricardo Rozas y Arturo Volantines.
Resumamos: la nueva poesía nace autónoma y a la orilla de las instituciones. El poeta asume un riesgo personal. Es decir, desde ahora cada poeta es libre de ser metapoético (Viviana Benz: "Sobre cadáveres / ruinas en la cima de las ruinas" o Ricardo Rozas: "ansío ser el ala / cambiando su curso / con sólo un latido") o coloquial (Oscar Elgueta). Unos serán más sobrios y económicos en la utilización del lenguaje, casi epigramáticos (Yair Carvajal: "La muerte no es violenta. / Es suave. / Cuando el hambre / es el que / dispara"). Suavemente surrealista (Elba Elena Jiménez). De influencia Beatnik (Samuel Núñez: "Los soldados de películas / han perdido, / todos se han dado cuenta). Lárico (Sergio Rodríguez Saavedra). Un atrayente neobarroquismo de ficha origenista (Arturo Volantines: "La diabla cabalga indolida, a trote lento, / bestial y huidóbrica, por los llanos del cielo, / así la Carta della terra nuova retornará a la tinieblas"). En fin, Susana Moya escribe con influencias punk y contestataria: "Adicta de luna llena / me identifico loba / hereje ontológicamente / casta hasta cuando estoy en celo&"
¿La poesía imita la realidad o es un modo de fugarse del mundo? En los autores serenenses se percibe una tendencia a que este viejo dilema pierda sentido. Tienden a un arte real e irreal, a la vez. O mejor dicho, tienden a una transrealidad. Una suerte de virtualismo. Verse a sí mismo desde afuera, o desde al lado. Hay un tendencia a acercar la voz lógica (la poesía que se basa en la realidad) y la voz órfica (la poesía metafísica). Así nacen los mitos.
La Serena ya no es isla, las instituciones ya no están al margen de la cultura. Hay otras antologías dignas de leerse como la de Juvenal Ayala, Antología poética del Norte, Poetas de los Ochenta (1966). Colecciona a los nortinos: Carlos Marchant, Mayo Muñoz, Walter Rojas, Oscar Arancibia, José Martínez, Jorge Aracena, Guillermo Ross-Murray, Jaime Ceballos, Cecilia Castillo, Hernán Rivera Letelier, Luis Kong, Eduardo Díaz, Milko Cepeda, Sacha Díaz, Alvaro López, Wilfredo Santoro, Fernando Rivera, Gabriel Indey, Juan García Ro, Eduardo Aramburu, Juan Soñador Rivera, Samuel Núñez, Arturo Volantines, Elba Elena Jiménez, Bartolomé Ponce, Ramón Urbina, Julio Miralles, Susana Moya y Oscar Elgueta.
Sé que los escritores del norte, como los de otras zonas de Chile, sufren no tener eco. Los medios "nacionales&" eluden referencia a la creación de provincias. De nuevo, el próximo verano veremos todos los días en la tele primeros planos y paneos lentos de bellos culos y tetas serenenses tirados en la playa. ¿Pero habrá, para la tierra de Gabriela Mistral, un solo día, un sólo minuto del verano para la creación poética?