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Pancho i Malmö
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A la una de la madrugada aterrizamos hambrientos en el restauran de Stippes, donde los valientes clausuran los viernes por la noche en Malmö. Pedí una hamburguesa y una cerveza helada, por favor;, y ella sólo "una coca-cola", lo entonó frunciendo sus labios rojos:
"co-ca-co-la"
ángel de minifalda amarilla, ya encaramada como dama distinguida en un piso alto con sus dos largas piernas que terminaban allá abajo en la barra de acero.
Me miró con ese semblante de doncella que derrite cualquier cosa y acarició disimuladamente el bulto ya endurecido de mi pene. Miré sus ojos perversos e ingenuos. Mirar sus ojos rejuvenece y empequeñece. Su lengua coqueteaba desde sus labios encarnados. Le llevé la mano por entre medio de sus piernas. Ella, sueca linda y epidérmica, ama las cosquillas en las rodillas.
Sus piernas, Díos mío,
Sus piernas bienaventuradas
Se abrían, se cerraban
Provocándome.
Las piernas se entreabrían y mis dedos decidieron avanzar compactos, centímetro a centímetro,
Hacia la victoria final.

Stippes demoró la hamburguesa, parecía trabajar a desgana, y los clientes, sentados en la barra de enfrente, otras noches alegres y sociables, estaban hoy reconcentrados, sin curiosidad para ver. Hay algo sombrío y de funeral, pensé cuando les vi esa cara de pescado. O, ¿era yo el alterado?
Mientras mis dedos progresaban ponía yo cara de desentendido, alerta a que nadie se percatara que los dedos ya tocaban su calzoncito, también amarillo tenuemente húmedo se interponía entre mis dedos y esas profundidades deliciosas que otras veces había besado y contemplado abiertamente.
Allí ansiaban llegar mis dedos. A las profundidades.

-¡Pancho!

Dice ella con lujuria nórdica, lengua coqueta y labios encarnados, mentalidad pecaminosa, relamerse de gusto en medio de los clientes del Stippes a la una de la madrugada. La rubia que fríe los huevos nos examina de reojo para adivinar de qué nos reímos, porque la rubia no alcanza a ver que al otro lado del mesón, en la parte de abajo, tengo yo la otra mano, la mano en la que no tengo la hamburguesa, y dos dedos ya enzocados en el agujero malífero se menean maliciosamente.
Stippes la mira de reojo desde la cocina, pero él tampoco sabe. Ella le ojea impúdica y soberbiamente y goza, porque Stippes no sabe. Ella, exhibicionista vergonzante y delicada, le gusta ser contemplada cuando goza, y yo, mirón impúdico, gozo mirándola gozar. Somos tal para cual. Pero Stippes no sabe,
Ni el borracho funcionario del banco,
Ni su cansada amiga que desea irse a casa,
Ni el flemático regidor socialdemócrata que bebe café cargado,
Ni otra amiga mía, felina periodista del Sysdvenska Dagbladet, que está disgustada porque yo no sé qué,
No saben,
No saben lo de los dedos, la humedad, los espasmos, las contracciones.
Otra mascada a la hamburguesa, le doy a probar a ella,
La quitasueño,
Sitúa en mi boca una lechuguita, una rebanada de tomatitos, rojos estamos los dos y ella bebe la
Co-ca-co-la
Gota a gota, co-ca-co-la
Como la muchacha de la propaganda.
-¡Vamos, dice ella dolorosamente-, vamos Pancho, chileno!
Y los dedos, los dedos que están adentro deciden la retirada triunfal y victoriosa de los campos ocupados y se quieren llevar como botín de guerra su calzoncito amarillo, ya sólo una tira acuosa.
-Pancho, Paaancho, casi grita.
No quiere quedarse sin calzones en el Stippes.
Yo pago.
Afuera es la Noche del Viernes en Malmö.
La abrazo mientras caminamos a su departamento.
Le introduzco la misma mano, ahora por atrás.
Cubierto por su abrigo largo la mano recorre la línea y se detiene en el hoyo de su culo grueso y enorme.
-Quiero poner el dedo en la llaga, le digo.
Ella se ríe y echa el anca hacia adelante,
Yo casi troto a su lado con el índice amenazante.
Caminamos a carreritas a su piso, creando una estela de fermento.
Ella jalándose la minifalda, yo ascendiéndole la blusa y ella
-Paaanchooo, nos veeen, Pancho!
Se desliza un auto de policía lentamente. Los policías nos miran. Algo buscan en la noche, algo de algo.
-No nos llevarán presos sólo por el dedo en tu culo, le digo y me río y ella se ríe, en realidad los policías no saben, no pueden saber lo del dedo y el culo.
No alcanzo a entrar al departamento y ya estoy persiguiéndola y tirándola al sillón, con las rodillas jaqueándole los brazos y desabrochándole la blusa,
Botón a botón,
Botón a botón aparecen sus senos, sus pechos grandes y parados que nunca han dado de mamar y los beso comiéndolos uno a uno y ella aprovecha mis caricias, se levanta y huye. Desde el suelo alcanzó su minifalda amarilla. Su calzoncito amarillo queda a la vista, casi metido en la raya. Corro. Persigo el amor como un sediento el oasis.
Caemos sobre la cama.

Ella me tira y me rompe la camisa, me rasguña y me muerde un brazo. Algo dice, algo murmura cuando muerde. Yo le tomo firme el pelo y le muerdo el cuello y viene mi pene que ya explota, ella levanta las piernas,

Ay, qué piernas membrudas, robustas,

Yo trabajo como esclavo, no me doy cuenta que estoy sudando, resollando la penetro una y otra vez, como si hiciera el amor por primera vez, su columna forma un arco cuando ella lanza su cabeza atrás, ella:

Aaaay, aaayyy
Y yo jadeo y ella con alientos vigorosos, entrecortados y bajitos:
Aaayyy, aaayyy

Y allí estamos ya terminados cuando queremos empezar de nuevo,
Ella se incorpora y me masajea.

¡Piensa chuparme, la golosa!

Me chupa y yo grito sin sentido y caigo fuera de la noche y del mundo, y mientras yo más grito ella más me chupa.
Ese sábado, primero de marzo de 1986, dormí aplastado por su cuerpo joven y potente, cuerpo alimentado de yogures y raíces para soportar la nieve y la oscuridad, cuerpo adiestrado a golpes de saunas suecos que alternan el frío y el calor, el fuego y el hielo. La felicidad es dormir junto a un cuerpo gozado y saboreado.
El teléfono, el infeliz del teléfono, sonaba histérico en la madrugada. ¿Quién complota a esta hora temprana, después de una noche de bohemia? ¿No saben que ayer bigardeamos sin jactancia y boato en Copenhague, corrimos para alcanzar la lancha para ir a escuchar el show poético de Lasse Söderberg en el pub subterráneo de Malmö y antes de ir al Stippes bebimos un litro de vino?
El fastidioso no paraba de sonar.
-Contesta el teléfono, le digo, con despesar de macho irritado.
Aló, aló, dice ella cayéndose de la cama.
-Han matado a Olof Palme, hija-, dice su padre por teléfono. La hija tiene una oreja pegada al suelo, la otra en el auricular y su traste desnudo sobre la cama.
Despierta bruscamente y me grita lo que ya escuchó.
-¡Oh, mierda!, grito. Me despercudo y me voy a prender la televisión. Allí están serios y bien peinados, como siempre, los locutores de la televisión sueca:
-Sí, es verdad, confirman, han asesinado al Primer Ministro Olof Palme en la calle Sveavägen de Estocolmo, ayer a las 11 y media de la noche.
-Y, ¿¿¡¡cómo es posible!!?? exclama ella y llora
-Y, ¿¿¡¡cómo es posible!!?? exclamo yo y no lloro de puro hombre que soy. Me enturbia una sensación de soledad. De escarnio y remordimiento también: nosotros jugando anoche a ser libres, en la ciudad compungida, sin saber lo que todos a esa hora ya sabían: ¡Qué liviandad! Me baja una sensación de vergüenza retrospectiva: ¿Por qué nadie nos dijo anoche que habían matado a Olof Palme? Ni Stippes, ni el regidor socialdemócrata, ni la rubia que fría los huevos! ¿Por qué no dijeron nada?? ¡Por qué guardaron silencio???
En este pequeño y bien decorado departamento sueco de Malmö, entre una minifalda amarilla, un calzoncito limón y mi camisa rota tomo café. Ella bebe café mustiamente e intenta sonreír para apagar su gimoteo. Su sonrisa fallida choca con mi rostro seco. Ella trae una bata y la tiende sobre mi espalda arañada. De pronto siento que amo a esta mujer que llora y yo no lloro y ya dije por qué.
-Respiremos aire, mi cordillerita de Los Andes, le digo melindroso, salgamos a la calle para ver si el movimiento de la tierra no han cambiado de sentido en Malmö...
La ciudad invierno no se mueve, huele frío de la sangre, el frío del hierro que sopló en estas calles desiertas.

De Memorias eróticas de un chileno en Suecia, Aura latina & Editora Kipus 21, año 1992.