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"Sé que te pones llorosa
cuando te acuerdas de mí
Mira lo que son las cosas
Ya ni me acuerdo de ti"

Mira lo que son las cosas
Yaco Monti


El Foro Griego de la Universidad Técnica estaba repleto, en los escaños de piedra, en los jardines, de pie en los pasillos y plataformas, arriba de los árboles. Más de 2.000 estudiantes. Primero cantó Pedro Yánez. Luego el Inti Illimani: "La mujer que yo más quiero. El río que yo más quiero. El cielo que yo más quiero". Van a iniciar la segunda canción "Simón Bolívar, Simón, caraqueño americano y el suelo venezolano le dio la fuerza a tu voz" cuando, ojo, apareció un rumor, un murmullo que crece poco a poco. Finalmente estalla en aplausos y gritos. Había llegado la negra Angela Davis, sonriente, una melena oscura, peinado rizado fachendoso. Se detiene al borde del estrado y saluda con el brazo en alto. Aplaudimos (clap, clap, clap). Deliciosa, la negra. Un metro ochenta, pantalón y chaqueta corta ceñida de gamuza color chocolate. Una revolucionara americana, condenada a muerte por un crimen que no cometió. Recién liberada. Se nos pone la piel de gallina.
Inti Illimani canta Venceremos, el himno de la Unidad Popular: "Desde el hondo crisol de la patria, se levanta el clamor popular..."
Angela Davis nos observa desde atrás, con el rostro ladeado, coqueta, mujer al fin.
Habló Alberto Ríos, un cabecilla estudiantil.
Habló Enrique Kirberg, el rector de la UTE
Entonces habla Angela Davis. Con seguridad, sin titubeos, mientras mueve sus largas y flacas manos con plasticidad y fuerza. Era entretenida, era místico verla. Su melena que gira y vuelve. Una leyenda, un gran mito gesticulando en vivo y en directo en el Foro griego de la Universidad Técnica.
Pero, ya comenzamos con problemas.
El ambiente ceremonioso, místico, potente y revolucionario se pudrió por un simple detalle: la traductora.
La intérprete, una compañera estudiante, estaba nerviosilla y comete todos los errores de novata. Titubea, se mete a destiempo, se tropieza o traduce inexpresivamente.
Era un descalabro.
Los estudiantes nos miramos, nos empezamos a poner inquietos, cundió el desasosiego. Primero aparecieron las risas, esas risillas tan típicas de los estudiantes, primero, hacia adentro, ji, ji, ji, como en buena onda, ji, ji, ji.
Pero, luego hacia afuera ja, ja, ja, fuerte y sarcástica, ja, ja, ja.
Luego risotadas, juuaa, juuaa, juuaa.
Luego gritos y pifias.

ENTRÉ A MI ESCUELA todavía riéndome de la compañera traductora. Con la primera que me crucé fue con Maribel, mi notable Maribel Larraguibel.
Por favor, observen y saboreen esa mirada, ese rostro.
Era mi obsesión desde hacía meses. Estaba abismalmente enamorado de ella. Pero, la Mari era momia. De la derecha reaccionaria y vende patria, chupa sangre y entreguista. Familia de derecha, amigos de derecha, empleada de derecha, todo de derecha.
Inicialmente, mi problema no era su familia de derecha, los Montescos.
Eran mis amigos de izquierda, los Capuletos
Qué difícil reconocer frente a mi pandilla de amigos (marxistas, socialistas, trotskistas, leninistas, guevaristas, camilotorreistas, castristas, maoístas, foquistas, angeladavidistas, cristianosizquierdistas, anarquistas revolucionarios, anarquistas-anarquistas) que estaba enamorado de una momia, miembro de "la clase dominante".
¿Yo?
¿Un pobre estudiante becado, simpatizante de Allende?
¡Hum!
Yo era Romeo y ella Julieta.
Eramos una Love Story, la película que estaba taquilla entonces con Ryan O´Neal y Ali MacGrau: dos jóvenes de clases sociales distintas sufren la incomprensión del mundo. Llevaba 30 semanas de exhibición en Chile. Eso éramos nosotros: una verdadera Love Story.
(Jordi, tu sospechabas algo, pero te callabas. Huevón, te guardabas el secreto de mi "delito" dependencia ideológica de la clase dominante.)
Ese día en que yo venía aún riéndome de la traductora de Angela Davis, se me acercó caminando con esas piernas, mamacita, esas piernas moviéndose, mamacita, como exponiéndolas, a la vista del perraje. Su rostro siempre sonriente y levemente maquillada. ¡Sabías que todos te miraban, Maribel!
Esas hermosas piernas de derecha, con una generosa y fina minifalda de derecha, con un cinturón ancho de charol negro con hebilla plateada suelto a la altura de las caderas.
-Quiero conversar contigo, Juco, porfa, ayúdame.
Su rostro de derecha era de desvelo. Caminamos hacia el parquecito que estaba lleno de la propaganda de Felipe Herrera, nuestro candidato a rector y Ricardo Lagos, nuestro candidato a Secretario General, que habíamos colgado la tarde anterior. Allí estábamos solos.
Nos sentamos a conversar.
-Estoy enamorada y no aguanto más- me dijo mientras bajaba su mirada al pasto seco.
De pronto, un ave, bella e insólita, canta dulcemente en la copa del árbol.
Mi corazón y mis músculos se paralizaron. Traté de mirar a un lado para que no se notara el color rojo intenso en mi rostro, que siempre me traiciona en los momentos precisos. Qué situación difícil. Mas, decidí enfrentar mi destino.
-Bueno, pero ¿cuál es el problema, Mari?...... por el contrario, deberías estar feliz. ¿Cuál es el problema?
Respiraba profundo para controlar mi taquicardia. Traté de prepararme a la gran revelación.
-El es de la Unidad Popular, es un loco y mi familia no me permitiría tener una relación con él.
Ella ya no miraba al piso, sino directamente a mis ojos. Até cabos.
El gorrión del árbol volvió a cantar.
(Pensé: Qué tiene de raro, mi amorcito, yo también pienso que es una barrera, pero yo estoy dispuesto a derribarla, Mari, como los enamorados de Verona, Mari.)
Era una auténtica Love Story. Imagínense: la lucha de clases, cruenta e infeliz, y en medio de la batalla nuestro más grande amor. Una guapa "burguesa explotadora", se estaba dando cuenta del conflicto social a través de nuestra pasión.
Entré a argumentar nuestro futuro y le dije:
-Bueno, Mari, es parte del romanticismo pelear por el amor, tienes una razón para amarlo y además luchar contra las barreras sociales que hay que derribar. Tienes una razón para vivir.
Claro, todo eso era requete cursi y ordinario -tipo Corín Tellado- pero muy sincero de mi parte. Me aprestaba, por fin, a besarla, tocarla, estrechar su cuerpo y apretar el mío sobre sus senos preciosos, pequeños, juveniles y momios.
(Me tenías loco, Mari, quería acabar contigo, la clase dominante. Ganar la Batalla de la Producción.)
-Tampoco él se anima a decirme nada – dijo como lamentándose que yo no tomara la iniciativa.
Me sentí como un nerd. La burguesía me estaba retando. Estaba reclamando.
(Juégatela, Julián)
Entonces, el tercer trinar del pájaro fue nítido.
Conversamos sobre cómo darle futuro a esta relación, que en cualquier minuto se iría a concretar. Hasta que por fin llegó el momento. Entramos al área chica, la pelota quedó dando botes. Ella, muy valiente, se decidió echarla adentro del arco, con una media chilena.
- Bueno si él no me dice nada, yo lo haré -me dijo con entusiasmo.
-Bien, hazlo.
La reforcé, para que las cosas salieran más fáciles, para no correr ningún riesgo.
-Bien, iré a decírselo.
-¡Como!¿Adónde vas? -pregunté sorprendido
-¡Lo voy a buscar y decirle que lo amo! -me contestó extrañada de mi idiota pregunta, como si no supiera de lo que estábamos hablando.
-¿A quién?
-¡Al Cote Larraín!..., estoy enamorada de él
¡Tum! El Cote Larraín.
¡No podía ser!
¡No podía ser!
El Cote Larraín era un compañero de curso, un buen burgués del MAPU, el Movimiento de Acción Popular. Era corpulento, parecido a Pedro Picapiedra, melena larga y pantalones de felpa amarillos. En realidad, era, como todos nosotros, medio loco, rayado. Era recolector de dos cosas inútiles: en libretas juntaba graffittis de los baños como: "La Pata no es mala, lo que pasa es que está desprestigiada", "No haga pichí en los ceniceros", "Batman es virgen - firmado: Robín" o "¡Coma Mierda! Diez millones de moscas no pueden estar equivocadas" y los acompañaba de pequeños dibujitos, como de cómics. También juntaba políndromas, frases que pueden ser leídas de adelante hacia atrás o de atrás para adelante como: "Y tápate tu teta, Paty!", "Amigo, no gima", "Anita lava la tina", "Rata, morir o matar". Era bien ocioso y cuático, el Cote Larraín.
Traté de reaccionar rápidamente para que el mundo no se detuviera y terminara en desventura. Lo único que se me ocurrió fue reírme, ja, ja, ja, ja, sólo reírme con esa risa estúpida que solo muestra los dientes. Estaba cagado. Ella no entendía nada. Ya no me importaba. Pero yo sólo me reía, ja, ja, ja.
Cuando me levanté, el imbécil del pájaro seguía trinando tontamente arriba del árbol.

ENTRÉ A CLASES de relaciones internacionales con el profe Clodomiro Almeyda, para, de algún modo, darle un sentido a mí acongojada vida. Don Clodo hablaba de los organismos internacionales surgidos después del Segunda Guerra Mundial, La ONU, la OEA, la OTI, la OMS. Las siglas, laonu-laoea-laoti-laoms, me entraban por las narices y salían por las orejas, volaban por la sala y salían por la ventana. No logré concentrarme en la clase de don Clodo.
No me atreví a contarle a ninguno de mis amigos. A la barrera ideológica que existía en esa relación virtual, ahora se sumaba la del despecho. Me la comí solo. Orgulloso, me gustaba sufrir solo.
A las horas después, al subirme a la micro número 382, Ñuñoa-Catedral, para irme a la pensión en la calle República, en un acto suicida, me pelié con el chofer.
-Carné.
-¿Cómo que carné?
-Carné, po.
-¿Cómo que carné, no veís que soy estudiante, o creís que ando con los cuadernos por puro hueviar? ¿Ah?
-Igual tenís que mostrarme el carné.
-Otra vez, la misma..., acaso tengo cara de oficinista, ¿Ah?
-Ya, ya, el carné.
-Eres bien frustrado, micrero...
Le mostré el carné y me corrí por el pasillo.
Al bajarme hacia mi pensión, me dio un ahogo. Me costaba respirar. Era el corazón. Me dolía. ¡Cómo me dolía!.